jueves, 28 de febrero de 2013

Era yo tu escritor trasnochado.

El quizás de un futuro que no proviene de lo cierto, el tal vez de una noche que es incierta, como amarte por encima de tu ropa sin tropezar con los pensamientos fuera de toda cordura, haciendo de tu cuerpo un posador de sueños, o quizás un cementerio de malos momentos, haciendo de tu ropa un mural que me separa de lo obsceno  del vulgar recuerdo que se mese noche entre noche y que no muere así por si solo. Existíamos solo mi buen vino a favor de nuestras tristezas, con un cubo de hielo que lo hacia algo tibio, también existía mi viejo traje con olor a ajeno, con unas cuantas noches encima, oscuro por su contenido, y existía yo, aunque yo casi ni lograba existir pues a juzgar por el dolor mi muerte se me escribía con cada sorbo, con cada suspiro de esa noche. Llegaban varios minutos nuevos y yo no lograba mover la noche, no lograba alardear de saber agarrar bien el lápiz, solo existíamos porque eramos necesarios para que aquella noche fuera escrita, existíamos porque estábamos  porque el sueño se nos esfumo con solo aparecerte en esa noche entre la bruma de mi imaginación, solo era yo porque el lapicero sabia encontrarme muy bien en cada rincón que me escondía. Solía recordar como tus besos inquietaban mis trasnoches, solía ser muy bueno para ti siempre, en aquel momento que me lleno la boca de licor, amargo y tan bueno para la soledad, inundaba de buenos sentires la noche y no se tranquilizaba hasta hacerme beber de él, hasta hacer que mis labios hicieran contacto con ese objeto de barro fino que lo contenía, eran muchas las veces que te veía posar para mi en mi mente, la música encandilaba tanto esa noche que paso a ser como un faro, que me recordaba también mucho a tus ojos. Yo era muy joven y la noche me lo recordaba a cada minuto, una y otra vez como quien no quiere que alguien logre algo, pensando caí en cuenta que nunca mi lápiz se había acercado a ella, a la noche en tono de poesía, en pos de hacerla una mujerzuela elegante, le había escrito mucho a lo que ella contenía, a su luna, pero nunca me corrió por la mente, por los huesos, escribirle algunas lineas a su oscuridad  a su tenso aire que a veces asfixia nunca había acertado en escribirle algo que hiciera cambiarle el tono a su tenue brillo, pero ya no me importaba, sólo quería acercarme a ti un poco más, solo quería escribirte mucho a ti, a la forma en la que te amaba sin importarme lo extraño que eran las criaturas que volaban sus noches, fantasmas o no, eran digno de admirar por su naturaleza valiente... Esa noche solo era una dedicatoria a lo fiel que eran tus ojos, a la tan cansada lluvia que moja tus talones y que recorre gran parte de tu cuerpo y te hace sentir viva en cada gota. Era yo el escritor perfecto de tan delgadas lineas que dibujaban tu silueta... 

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